RADIOGRAFÍA DE UN HOMBRE" © 2001 CUENTO de Norberto Ismael Pannone El pálido sol se deslizó un poco más hacia abajo en busca del ocaso cuando Arturo Nabal, a causa del dolor que sentía en sus pies, buscó sentarse sobre el promontorio de tierra al borde del camino junto al alambrado. Tenía hambre. Hacía varias horas que venía caminando. En el boliche, que estaba a la salida del pueblo, sólo le habían dado un pan viejo que devoró rápidamente, cuidando que las migas no se le fueran al suelo. “Los tiempos están malos” –pensó “Siempre estuvieron malos” –volvió a pensar trabajosamente reafirmando esta vez en voz alta el pensamiento anterior. Si alguien hubiese escuchado sus palabras, seguramente habría notado en ellas un dejo de agria tristeza. Como traía bastante agua, se empinó la botella para beberse unos tragos. Cortitos, porque si bebía a grandes sorbos parecía que el líquido no descendía muy bien por su garganta y, al pasar por el esófago, le producía un agudo dolor que llegaba hasta la garganta. Se quitó las alpargatas y caminó unos pasos por el agua sucia de un charco que había al costado del camino. El agua, fría todavía a causa de la helada de la noche anterior, pareció reanimarlo. Volvió a sentarse y se abocó a la tarea de acomodar como pudo las pocas “porquerías” que siempre llevaba con él. Eran todo su “capital”. Después de un rato, cuando sus piernas hubieron descansado un poco, paseó su mirada por el páramo, buscando algún grupo de árboles, donde, con suerte, encendería algún fuego y pasaría la noche con algún resguardo. Más tarde, envuelto en los trapos pulgosos, acostado boca arriba y con los dedos entrelazados detrás de su cabeza, miraba extasiado las estrellas que aparecían por entre las copas de las acacias, empobrecidas de hojas a causa del invierno. Arturo no podía dormir. Se enderezó y le agregó algunas ramas al fuego, luego, tomó la botella y bebió un par de tragos. Se rascó la barba y la nuca. “Seguro los malditos piojos estarían haciendo de las suyas” –pensó. “Hijos de puta!”. Se recostó nuevamente y siguió observando los puntos lumínicos de los astros. Ahora, pareció distraerse percibiendo el lento despla-zamiento de la luna menguante de agosto por el negro firmamento. ¿Era feliz? Quizá. Lo importante era sentirse en paz. Las miserias y las privaciones ya no le importaban. Si alguna vez le importaron habían quedado tan lejos... Al menos era libre... “Y la libertad...” Episodios de su niñez despreocupada pasaron fugazmente por su mente: la escuela primaria, donde halló los primeros amigos que después nunca encontró, aquellos que se mimetizaron con el tiempo y se fueron tras los duendes del olvido; la lucha de sus “viejos” para mantener el hogar alejado de los cuervos de la desunión de la familia. La primera novia, aquella que a pesar del tiempo jamás pudo olvidar. Ni siquiera olvidó el olor de su sexo o el salobre dulzor de sus pezones, acompañados por el efluvio de sobacos nuevos. El secundario, al igual que el servicio militar obligatorio, que le robó un brazo al viejo que tanto lo necesitaba para mantener la casa; la facultad y el diploma de médico, con medalla de honor; la compañera de estudios, a la que nunca conoció totalmente, mitad novia y mitad amante, necesaria socialmente para crear el “status” y, que al poco tiempo de casados, mientras él se mataba haciendo guardia en los hospitales, terminó encamándose con su mejor amigo y compañero. Había empezado a hacer frío, Arturo se acomodó mejor entre los trapos y siguió de viaje en el tren de los recuerdos, sentado en el primer asiento. Recordó su casa, en el mejor lugar de la ciudad; la 4x4 y el infaltable “segundo auto” para que la mujer no se “aburriera” en la casa, para que pudiese llevar a los chicos al colegio y para que, de paso, paseara con sus amigas. Recordó cuando hizo un poco de fama y aumentó el trabajo. Mucho trabajo. La quinta de fin de semana; un pedazo de campo no muy lejos de la ciudad que atendía un matrimonio con tres hijos. Un par de desgraciados que hacían las veces de caseros y otros menesteres y cobraban el mísero sueldo, de veinte en veinte pesos y de vez en cuando. Después el caos, de repente, sin darse casi cuenta, llegaron a su vida: las facturas; las astronómicas boletas de los “celulares”; el teléfono del consultorio; el de la casa; las cuotas de los colegios privados; la secretaria (voraz recaudadora de bonos y visitas, especialmente de los pobres viejos) que de tantos “secretos” e intimidades, cada vez exigía más, tal ves como precio a su complicidad. El gas; la luz; las patentes; los seguros; las alarmas; el personal de seguridad; los impuestos: que ingresos brutos, que a las ganancias, que a los capitales, que los muni-cipales, provinciales, nacionales. Que la seguridad social, que la mutual; las donaciones. Luego, la estafa del Estado que, en connivencia con los Bancos se quedaron con sus pocos ahorros, etc. etc. Todo esto sumado a la eterna disconformidad de una esposa insaciable e irascible que exigía cada día un poco más. Que nunca ejerció su profesión porque decía: –“El marido es el que debe mantener el hogar”. La que desde el principio se olvidó de hablar con ternura y comprensión. La que siempre ladró un breve dialogo para exigir, y un largo monólogo para organizar. Por esa época, Arturo Nabal comenzó a trabajar mal, sus pacientes empezaron a consultarlo cada vez menos y a su consultorio ya no hacía falta limpiarlo todos los días. En el hospital habían decidido suspenderlo porque un lunes a la mañana, el director le había detectado “aliento a vino tinto”. Las facturas y avisos de cobranza cubrían por completo el escritorio de su oficina, la camilla, la mesa del comedor, la cómoda, la mesita de luz, el bargueño, la mesada de la cocina. Las había dentro de la heladera, en el baúl del auto, en la caja de herramientas del coche, en fin, no había lugar de la casa, donde no se encontraran avisos de cobro. Un día fue a sacar una camisa del placard y una avalancha de “Últimos Avisos” cayó desde adentro del mismo, empujándolo y haciéndole perder el equilibrio cayendo de espaldas sobre el ahora deslucido “parquet” del dormitorio. Cuando iba al baño, mientras esperaba sentado en el inodoro, en lugar de llevarse alguna revista para leer, había adquirido la costumbre de llevar avisos de cobranzas. Al poco tiempo, en el lugar reservado para el papel higiénico, encontró un gancho de alambre del cual pendían docenas de facturas. Arturo Nabal, mientras envolvía sus rodillas con una sucia camisa, para protegerlas de la helada que estaba cayendo, se acomodó entre la hojarasca y recordó con satisfacción cuando aquella fresca mañana de marzo del 2002 se levantó temprano y, con su documento y unos pocos pesos que guardaba detrás del viejo reloj de pared del abuelo, que demás está decir, hacía bastante tiempo había dejado de emitir sus tristes campanadas, salió de la casa sin hacer ruido y empezó a caminar sin saber hacia donde. El suelo estaba duro. Se puso de cara al cielo y entrelazó los dedos otra vez detrás de la cabeza. La palidez de la delgada luna se estaba perdiendo en la bruma de la madrugada. Poco a poco, el cansancio de la jornada lo fue adormeciendo. Entonces, tuvo una pesadilla: soñó con el cura que lo había casado; que al salir de la iglesia, en lugar de arroz, un grupo de aves rapaces vestidas de negro, le arrojaban facturas de cobro de todos los tamaños y colores. Luego, en la misma secuencia del sueño, una multitud, desde el otro lado de la calle, coreaba su nombre al tiempo que algunos enarbolaban con ardoroso entusiasmo sobre sus cabezas, urnas de comicios con las divisas de todos los partidos políticos pintadas en cada una de ellas. Arturo, vio sobre la chusma, flamear una pancarta, donde, en letras de molde se leía: “CON LA DEMOCRACIA SE EDUCA, SE COME, SE CURA. ¡HAGA PATRIA Y VOTE!” otros decían: “SÍGANME, NO LOS VOY A DEFRAUDAR” Más atrás, unos señores de corbata portaban uno que decía: “BASTA DE DELINCUENCIA Y CORRUPCION, LIMPIAREMOS LA CIUDAD”. Algunos incautos, que formaban un grupo en la esquina, lanzaban panfletos que abogaban en pos de “LOS DERECHOS HUMANOS Y POR “GREENPEACE” y “NO A LA GUERRA” “NO A LA DISCRIMINACIÓN” Luego, mientras duraba el esbozo de una sonrisa, lo sorprendió con su trofeo, el pájaro siniestro de la muerte. Un par de días después, unos trabajadores que revisaban las líneas de alta tensión, alarmados por el olor nauseabundo, descubrieron su cuerpo con las manos en la nuca y los ojos abiertos, como si aun estuviese observando el lento desplazamiento de las estrellas por el cielo negro de agosto. Arturo, seguramente andaría por allí, entre ellas, enarbolando su trofeo, el mejor, porque finalmente le había ganado la competencia final al sistema. Su alma, me imagino, andaría ahora celebrando la quema de algún cartel con la inscripción de “AYUDA SOCIAL” (Cualquier semejanza con situaciones o personajes similares a las del cuento, nada tienen que ver con la vida real. Obedecen pura y exclusivamente a la imaginación del autor)
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